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Número 1 - Marzo 1998 EDITORIAL

LAS GRANDES SUPERFICIES

 

Define el diccionario el triunfo como el "el éxito en cualquier empeño" y el éxito entre otros significados, como la "buena aceptación que tiene una persona o cosa". La sana ambición de éxito profesional es innegablemente una de las más nobles aspiraciones que puede apetecer un científico y específicamente un médico y el triunfo laboral, el razonable y equitativo colofón a sus esfuerzos. La esperanza adicional de mejorar el estatus económico constituye una justificada meta en un mundo contemporáneo donde la acumulación de bienes de consumo, aunque superfluos e innecesarios, se erige en una motivación vital irreversible, hábilmente estimulada por los preeminentes modernos medios audio-visuales y su carencia un motivo corriente de envidia, resentimiento y frustración social.

En épocas pasadas el éxito médico era difícilmente conseguido sin sentar sus bases sobre una auténtica calidad de su receptor, basándose esencialmente en la solidez de la formación, la claridad de ideas, el acierto en el planteamiento diagnóstico y terapéutico y, como no también, en el campo de la cirugía, en la habilidad, precisión y eficacia de las maniobras quirúrgicas. El prestigio y reconocimiento social era el corolario normal de esta situación y aunque, por lo general, existiera también una paralela mejora del bienestar personal, la limitada oferta de bienes de consumo y la obtención de emolumentos suficientes para disponer de una economía relativamente saneada, dejaba el afán de enriquecimiento personal como una cuestión marginal, que aún no despreciable, en casi ningún caso se asumía como prioritaria. La figura del médico manifiestamente interesado y "pesetero" era anecdótica por lo infrecuente, contrastando con una afianzada imagen de altruismo, humanidad y abnegación que justificaba un palpable prestigio social de la profesión. El cambio cualitativo y cuantitativo experimentado en años recientes es notorio y puesto que en esta sociedad se han desdibujado los perfiles que pueden definir la calidad profesional, estimándose básicamente más a través de la ostentación y la suntuosidad que de la valoración de las auténticas cualidades y, consiguientemente, ya no parece mejor el que más sabe sino el que más tiene, el médico se ha lanzado a una desenfrenada carrera competitiva que conmociona los cimientos éticos y deontológicos que, durante tantos años, sustentaron su ocupación profesional.

Parece pues que ya no se ambiciona el triunfo por lo que supone de satisfacción personal y culminación de una trayectoria, sino por los beneficios que eventualmente reporta y para conseguirlo es lógico buscar los senderos que otras actividades comerciales han afianzado y reputado como eficaces. Las técnicas de mercado se utilizan, por consiguiente, sin recato en la captación de clientes/pacientes, con la milimétrica eficacia que marcan los abundantes tratados al uso. Los pacientes/clientes/usuarios, ofuscados por una información incesante y equivoca, se ven desbordados en su aptitud de calibrar la validez de los mensajes, al igual que difícilmente están capacitados para determinar, de forma decisiva, la calidad de un detergente que invita a eliminar los más reluctantes residuos de la colada o la fragancia de un exótico perfume, inductor de las más recónditas e inconfesables pasiones del partenaire, al margen de la belleza o las virtudes amatorias del consumidor. El médico alejado de estas maniobras publicitarias, aislado en una consulta particular perfectamente pertrechada tecnológicamente, otrora colmada e incluso multitudinaria, poseedor de un bien ganado y tradicional prestigio pero sólo discretamente promocionado a través de una modesta placa de latón en el umbral de su portería y, como mucho, mediante la inserción en negrita de su número en la guia telefónica, asiste inerme e impotente a una feroz competencia mediática que irremisiblemente le margina e injustamente le discrimina y agravia comparativamente. La consulta privada tradicional, lugar privilegiado de intercambio íntimo y personal entre el médico y el paciente queda, cual caprichosa boutique en la que se buscan originales marcas e irrepetibles modelitos, relegada a los fieles e incondicionales "clientes" o a la excepcional resolución de casos complejos, rebeldes o irresolubles, obviamente no solventados por otros colegas. Los pacientes apartados sutilmente de este "pequeño comercio", se ven poderosamente arrastrados por la fascinación de las "grandes superficies" en las que se ofrece toda suerte de beneficios y soluciones para su salud, en ocasiones sólo supuestamente alterada, con tal grado de acometividad comercial que, casi con seguridad, la mera asistencia al Centro para despejar la curiosidad, que de forma razonable despierta la sugestiva oferta, les conduce casi irremisiblemente a serles aplicados toda suerte de procedimientos diagnósticos o terapéuticos, cualesquiera que sea su precisión. Por suerte o por desgracia esta discutible, cuando no censurable actuación, además de ineficaz, se ve favorecida por la impunidad que conlleva su innecesaria indicación. Aunque en ocasiones la relativa inocuidad de los métodos y la ingenua confianza en sus aplicadores, presta a los pacientes una tranquilidad ficticia y no provoca otro perjuicio que el económico, a veces puede ocasionar un nada despreciable menoscabo del ojo o de la visión e inclusive un notable impacto psicológico que desequilibre espiritualmente a los pacientes.

La impresionante espiral de avances en las ciencias biomédicas y la paralela progresión tecnológica, invita irremediablemente a la concentración de medios humanos e instrumentales, imposibles de abarcar por una sola persona como sucediera antaño y la fuerte inversión en aparataje, obliga a su razonable amortización si no se quiere abocar a un suicidio financiero, pero ello nunca debe justificar el olvido de que la sutilidad y delicadeza de un producto tan difícil de tasar e intangible como la salud, privilegio supremo del ser humano, no puede ser manipulado ni comercializado como otro de los muchos productos que nos ofrece nuestra opulenta sociedad de consumo.

Dr. José Belmonte Martínez
Director


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