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| Número 1 - Marzo 1999 | EDITORIAL |
Los azares de la profesión compiten con ventaja entre los temas habituales de conversación con los que los médicos suelen prolongar porfiadamente su colmado horario laboral. Es por lo común admitido que la reunión de varios colegas monopoliza obstinadamente el diálogo hacia su trabajo, pese al lógico y justificado desagrado de los sufridos profanos contertulios a los que, sin clemencia, hostigan con reiterados comentarios monocordes sobre su quehacer, aderezados con un lenguaje críptico y, a menudo, ininteligible. Aunque en el contenido de la discusión suelen dominar esencialmente los asuntos más actuales, más candentes y vivos, la intervención de los mayores, poseedores por lo regular de una dilatada experiencia y un inagotable anecdotario, acostumbra a sazonar los comentarios con reminiscencias del pasado, intentando adoctrinar a los más jóvenes con relatos o anécdotas que, sin ocultar un sano afán didáctico o moralizante, casi siempre anhelan la falaz presunción manriqueana de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Con demasiada frecuencia se olvida, no obstante, plantear seriamente cuál es el porvenir de nuestra profesión, no ya en los términos catastrofistas usuales, basados en la mera extrapolación de los problemas presentes, generalmente condicionados por diversas circunstancias y vicisitudes profesionales, personales y, por ello, inevitablemente contaminados por los sentimientos, cuando no por una arbitraria pasión, sino en una dimensión más racional y serena, sustentada en el análisis sensato de la historia, en los auténticos cambios sociológicos modernos y la preeminente evolución de la ciencia y la tecnología. Es decir, se cae en la ingenua y elemental pretensión de predecir el futuro del oftalmólogo, y de la propia Oftalmología como especialidad, a partir de su incierto presente, frente a la más intrincada y espinosa, aunque tentadora aspiración, de intentar descifrar cuál puede ser la Oftalmología del futuro.
El nebuloso destino del oftalmólogo, tal como lo hemos conocido ha sido objeto de innumerables escritos recientes, casi siempre de modo escasamente optimista, posiblemente porque la creciente fragmentación de la Oftalmología, la progresiva usurpación de parcelas asistenciales por otras agrupaciones médicas, la creciente suplantación de funciones por diversos colectivos paramédicos, con su inevitable merma asistencial, impide vislumbrar motivos para la esperanza de recuperar las lejanas dignidades y los añorados y perdidos privilegios de los que se gozó antaño. No insistiré por ello en esta cuestión lamentable, aunque manida.
Desde otra perspectiva, y frente a los que profesan comúnmente un relativamente justificado pesimismo respecto al porvenir del oftalmólogo y de la Oftalmología, cabe argumentar que, por el contrario, parece imposible concebir un negro futuro a una especialidad médica que ha de velar por el buen funcionamiento de un órgano tan inestimable como el ojo, en cuyo entorno no sólo se han desarrollado una parte significativa de los más espectaculares progresos tecnológicos modernos, sino que previsiblemente se erigirá en el aparato sensorial preponderante en el que habrán de perpetuarse los adelantos del mañana. Resulta curioso constatar que a lo largo de la Historia, jamás la Medicina ofertó sus hallazgos a la sociedad caprichosa e injustificadamente y que, por el contrario, siempre siguió fielmente los dictados de aquélla. El descubrimiento de la imprenta "obligó" a su vez a inventar las gafas. Más recientemente el incremento del índice de vida, con la inevitable aparición de la catarata "senil", determinó de manera decisiva el investigar en busca de una solución óptica más satisfactoria para la hasta entonces incapacitante afaquia quirúrgica, hoy casi felizmente resuelta por procedimientos, aunque cada vez más sofisticados, también más cómodos para el paciente y que previsiblemente se perfeccionaran sin pausa. En el presente, los jóvenes no resignados tampoco con la solución óptica de las gafas o las lentes de contacto, pugnan por su cuota de progreso, y la cirugía refractiva se presta a ofrecer inagotables soluciones para la corrección de las ametropías a un ritmo imparable. Incluso, los menos jóvenes présbitas, asimismo exigen solución a su cargante anomalía, y la restauración quirúrgica de la acomodación comienza a vislumbrarse como algo alcanzable. Aunque esta corriente quirúrgica, tan enormemente sugestiva, despierte inusuales expectativas, hasta el punto que difícilmente pueda evitarse que la ambición desmedida, la falta de escrúpulos y los más oscuros intereses comerciales lleguen a dominar inicialmente sus actividades, contaminándolas éticamente, al final se impondrán inevitablemente como procederes usuales, aportando toda la dosis de beneficio para la salud que en realidad encierran. Cabe cuestionarse cómo será el cirujano ocular del futuro, si precisará de las mismas virtudes y habilidades que el actual o si la máquina le reemplazará en cierto modo, pero el insaciable objetivo de lograr un ojo perfecto e imperecedero será tan ambicioso y desmedido que ineludiblemente alguien deberá dedicarse a ello. No es aventurado establecer la hipótesis de que la magnitud y las consecuencias socio-económicas de tal finalidad impulsen a investigar soluciones más racionales y baratas a través de la prevención de esas patologías y que la coacción de la sociedad sobre la Medicina consiga en su progreso que sea capaz de detectarlas y atacarlas eficazmente, antes de dar lugar a un trastorno funcional significativo. La prevención de la catarata, de la degeneración macular, del glaucoma o de infinidad de raras aunque terriblemente graves enfermedades oculares degenerativas, el conocimiento y control de las claves que determinan la evolución de la miopía, etc. constituyen enormes, y todavía irresolutos, desafíos a solventar en el futuro que permiten ofrecer un paisaje dilatado y atractivo a quienes se ocupen del ojo en la próxima centuria. La incógnita es si se llamarán oftalmólogos.
Dr. José Belmonte Martínez