Titul-3.gif (5142 bytes)

Número 3 - Septiembre 1999 EDITORIAL

SUFRIDA CÓRNEA

 

El ojo es un órgano delicado, aparentemente frágil y vulnerable a los más variados agresores, biológicos, mecánicos, físicos o químicos. Su punto débil más destacable lo constituye el que, por su peculiar concepción funcional, el mantenimiento de la integridad anatómica es casi siempre sinónima de un correcto funcionamiento, por lo que ante una lesión no basta la simple reparación tisular, sino que precisa tanto que ésta sea rápida como estructuralmente plena, para minimizar sus secuelas y permitirle restablecer su actividad normal.

Los diferentes tejidos oculares tienen un variado cometido, los anejos (huesos orbitarios, vías lagrimales, párpados, etc.), cumplen un papel fundamentalmente protector del globo ocular, las cubiertas (córnea y esclera), sirven para preservar las más delicadas estructuras internas (cristalino, úvea, vítreo y retina), los medios transparentes (córnea, cristalino, vítreo), persiguen enfocar correctamente la luz sobre la retina, la úvea (iris, cuerpo ciliar y coroides) asume varios cometidos, encargándose de controlar las funciones ópticas más sensibles, de regular su presión interna y la nutrición del interior del ojo por lo que, como exclusiva intendente, resulta difícil de reemplazar, finalmente, la retina y su prolongación el nervio óptico, como tejidos auténticamente imprescindibles para la visión, de manera pasiva, se benefician del correcto funcionamiento de todas las estructuras anteriores, cuya integridad impasiblemente le garantizan una cómoda y holgada supervivencia.

De entre todos los tejidos oculares, la córnea disfruta de una peculiar dualidad funcional, por su particular situación como primera y más frontal barrera defensiva del segmento anterior, y por su trascendental contribución a la refracción a la que aporta alrededor de 45 D, de las 65 D totales de que dispone el dioptrio ocular. Por ello, si no parece extraño que la córnea pueda ser lesionada accidentalmente, dado su emplazamiento y su papel de principal valedora de las defensas oculares, si resulta sorprendente, no obstante, que de entre todas las estructuras del ojo, haya sido tan reiteradamente agredida, de forma intencionada, por los propios oftalmólogos, lo que denota, además de su admirable resistencia a la violencia, su también inaudita paciencia, ante tan repetida provocación yatrógena aunque, como descargo de los colegas, pudiera argumentarse su carácter de casi inevitable zona de acceso quirúrgico a las estructuras intraoculares del segmento anterior. Pero lo que verdaderamente resulta más asombroso en este pertinaz hostigamiento, es la concurrencia anatomofuncional de una incomparable hiperestesia fisiológica, fruto de su exuberante inervación, con la extraordinaria condescendencia que muestra ante la provocación y su increíble capacidad de recuperación. Pese a que por su riqueza inervacional la respuesta de la córnea ante la agresión puede ser fulminante, violenta, capaz de desencadenar la alarma más enérgica e indiscriminada, incluso ante una lesión tan banal como una simple erosión epitelial o un pequeño cuerpo extraño, basta, sin embargo, una simple gota de anestesia tópica para doblegarla y soportar, con sorprendente docilidad, el ser comprimida, seccionada, rebanada, puncionada, perforada, retorcida, cosida, pegada, etc. Ante tan notable mansedumbre, no es extraño que el oftalmólogo hace tiempo le perdiera el respeto debido, ensañándose sin piedad con ese abnegado y generoso tejido, y que los grandes retos de la cirugía ocular del último cuarto de siglo hayan tenido a la córnea como protagonista singular, cuando no como objetivo favorito, erigiéndola en acreedora predilecta de sus experiencias más novedosas y arriesgadas.

En efecto, todos los pasos que culminaron en la moderna cirugía de la catarata han supuesto, en su momento, una considerable amenaza para la integridad de la córnea, desde el proceso de hallar el diseño y localización de las lentes intraoculares más idóneas, en el transcurso de la transición de la cirugía intracapsular a la extracapsular, hasta la costosa reconversión de esta última a la facoemulsificación que todavía, pese a su perfeccionamiento técnico, a su virtual universalización y a su inaudita banalización, al estimarla como un procedimiento carente de complicaciones, mantiene una nada despreciable tasa de riesgo para la transparencia corneal, reservándose un duradero e inalterable liderazgo en las indicaciones de la queratoplastia penetrante.

En el contexto de la cirugía refractiva, el objetivo, buscado porfiadamente, ha sido modificar la topografía corneal mediante incisiones, resecciones, disecciones o ablaciones, de extensión, profundidad y conformación diversas, aplicaciones de fuentes de energía dispares, como láseres de distinto origen, calor, frío, introducción de lentículos, anillos u otros adminículos extraños en su interior, completando un interminable martirologio hístico que, en un principio y con independencia de sus espectaculares y controvertidos resultados, parece soportar estoicamente, con una extraña mezcolanza de beatitud y masoquismo biológicos que, cual atribulada mártir y pese a todo, conserva casi siempre, venturosa y sorprendentemente, su sagrada y virginal transparencia. Solamente en determinados casos extremos, en los que la manipulación corneal resulta insuficiente, desiste la cirugía refractiva de emplear esta alternativa corneal y, aún en esas circunstancias, la utilización de otras soluciones opcionales, como las lentes intraoculares fáquicas, tampoco la liberan de la amenaza de involucrar gravemente a sus capas más profundas y delicadas.

Sin embargo, la córnea, en contraste con esa habitual tolerancia al suplicio, en ocasiones, reacciona a su violación extrañamente, de manera inexplicable e inesperada, con una súbita, violenta e incluso desmesurada réplica, quejándose encolerizadamente, por medio de un torvo dolor, obstinado y perseverante, trocando su común aspecto, de cristal límpido y rutilante, en el de un vidrio lúgubre y velado, de apariencia desollada o ampollosa, capaz de desgajarse, ulcerarse, contaminarse gravemente, e incluso perforarse, en poco tiempo y en tal grado, que deja inermes a los tejidos internos que pretendía proteger y que, inesperadamente sorprendidos en su confortable recinto, tratan de escapar, despavoridos, agolpándose en el umbral de una pared corneal, horadada y maltrecha. El ojo otrora de aspecto vivo y saludable, gravemente tocado en su emblemática estructura, se torna apresurado en un órgano achacoso y marchito, obstinadamente irritado y doloroso y con escasa tendencia a la recuperación.

Menos mal que, aún en esas situaciones extremas e irreversibles, muestra la maltratada y sufrida córnea una sobrada benevolencia y una inacabable generosidad, sufragando el injusto peaje a la osadía, la imprudencia o la insensatez de los cirujanos, dejándose substituir, sumisa y resignadamente, por otra ajena, incluso más vieja, pero incólume, a la que rara vez repudia y con la que, con frecuencia, hasta aceptar convivir de por vida, pero cual catilinario exordio tal vez pudiera interpelar a los más intrépidos oftalmólogos, que contemplan entre estupefactos e inermes esa imprevista y despiadada réplica, tan hermética y misteriosa, con un ¿quousque tandem abutere, ... patentia nostra?

 

Dr. José Belmonte Martínez


Índice general / Índice de revistas / Sumario n.º 3/99