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| Número 2 - Junio 2000 | ARTÍCULO ORIGINAL |
(Cicerón)Grave es el peso de la propia conciencia
Existe una percepción personal dispar sobre la ecuanimidad con que el destino administra y reparte bienes terrenales, virtudes y atributos, dado que en sus inescrutables designios, en ocasiones manifiesta unas pautas y criterios aparentemente gratuitos o caprichosos.
Es palpable y universal el reconocimiento del desigual reparto de la riqueza, incuestionable semillero de ancestrales, perennes y crueles contiendas, de fecundas e inagotables páginas de literatura y de vehementes y estériles polémicas verbales. No existe, por el contrario, una conformidad unánime respecto a la belleza física que a cada cual le ha tocado en suerte, efímera y prodigada con veleidosa escasez, por lo que su posesión, en un grado sublime, suscita una inevitable mezcla de admiración y envidia entre los menos favorecidos. Tampoco es uniforme la conciencia sobre la distribución que dispensa la naturaleza respecto a las facultades artísticas o a las habilidades manuales, para las que se admite, sin insalvables discrepancias, que algunos están singularmente dotados, mientras otros deben aceptar resignadamente su mayor o menor incompetencia o torpeza. Con relación a la inteligencia, no obstante, parece dominar curiosamente la sensación subjetiva de existir un restringido pero mejor y más justo reparto, aceptándose la propia vanidosamente como más que suficiente, sin excesivas suspicacias y hasta con un cierto orgullo y considerándose, rara vez, haber sufrido personalmente en este exquisito atributo biológico una intolerable discriminación de la naturaleza. Aún admitiéndose cierta heterogeneidad en la posesión de determinadas competencias mentales accesorias, como la capacidad de expresión oral y escrita, el sentido del humor, la mordacidad, el ingenio, el carácter vivaz o taciturno e incluso asumiendo un desequilibrio distributivo en las todavía más elevadas facultades tomistas, como el entendimiento, la memoria y la voluntad, rara vez puede hallarse alguien que manifieste una profunda y sincera insatisfacción de su propia inteligencia «global». Por consiguiente, podría admitirse sin dificultad, como principio general, que casi todo el mundo se considera cumplidamente servido por la Providencia, que excepcionalmente alguien atribuye sus derrotas a la superior capacidad intelectual del contrincante y sí a otras artimañas y maniobras ajenas al dominio del pensamiento, que rara vez se acepta el fracaso como consecuencia de la propia incapacidad mental y que, inusualmente, la inteligencia ajena provoca envidias o agravios o se le atribuyen niveles muy superiores siendo, por el contrario, ordinariamente, motivo de compasión o crítica, la escasa fortuna de los demás en la irregular asignación divina. Sin embargo, si la inteligencia es un atributo con tan aparente justo reparto subjetivo, hasta el punto que jamás ha desatado rencorosas apostasías, ni violentos movimientos revolucionarios, por parte de los considerados perjudicados o desfavorecidos, bien es verdad que tan sólo bajo el criterio del prójimo, existe otra virtud en la que puede comprobarse una todavía más profunda divergencia entre la percepción de los demás y el propio juicio: la honradez. Y precisamente en el ejercicio de la Medicina resulta fácil ejemplificar esta hipótesis.
La presente e imparable presencia de la Medicina y más ostensiblemente de la Oftalmología, en los circuitos comerciales, ha desencadenado un serio desajuste en determinados comportamientos considerados éticos durante muchos años, ha modificado la antaño más desinteresada relación médico/enfermo, incrementando su mutua desconfianza y ha desatado un incómodo y enojoso enfrentamiento entre los oftalmólogos implicados en esa nueva dinámica, en su desbocada pugna por obtener amplias cotas de mercado que, postreramente, conduce hacia una enfervorizada polémica sobre la supuesta crisis de la honestidad profesional.
Resulta curioso asistir como mero espectador, y en una siempre discutible posición arbitral objetiva, a estas escaramuzas dialécticas, porque permiten confirmar la sospecha, antes apuntada, del nítido contraste entre la vivencia personal que poseen determinados colegas en relación a una virtud tan controvertida y de brumosa definición como la honradez profesional y la percepción crítica y antagónica que el resto de la comunidad científica atribuye a tales individuos respecto a la digna y merecida propiedad de dicho atributo. Los argumentos de unos y otros, aunque encontrados, son defendidos con tal fervor y aparente franqueza que, contemplando tan extravagante antítesis, inapreciablemente se puede llegar al convencimiento de que, en un curioso ejercicio de subconsciente y privativa sofronización patrimonial, la mayoría de los oftalmólogos, en su más profundo fuero interno, están «honestamente» convencidos de que su planteamiento profesional, sus actividades, sus decisiones, sus indicaciones exploratorias, sus soluciones terapéuticas, clínicas o quirúrgicas e incluso sus honorarios, son absolutamente justificados y honrados, irreprochable proceder que, sin embargo, no suelen conceder a muchos de sus compañeros, con los que son singularmente críticos, en especial si desarrollan una actividad pareja, en su propia plaza o en un área de cierta afinidad geográfica.
Las evidencias que avalan la certidumbre de esta inusitada aunque temeraria hipótesis son abrumadoras pero, sobre todo, por su pesimista destino, tienen una notable relevancia moral y social. En efecto, de ser cierta esta teoría, difícilmente podrá aspirarse a conducir, algún día, al buen sendero de la honradez a quien no admite, percibe, ni asume su pecado. Igualmente de escasa utilidad y, por supuesto también, de limitado consuelo y beneficio para la colectividad, será aplicar, a los presuntos y maquinales desvergonzados, la consabida sentencia moralizante ¡... allá, con su conciencia...!, pues esta última, hipoestésica e inmune a preceptos éticos y deontológicos convencionales, considerados caducos, difícilmente incrementará la ya menguada tasa de insomnio que les provoca la amortización inaplazable de sus elevadas deudas, la desmedida inversión en el aparataje y la ornamentación arquitectónica de su tinglado o el impago de sus abusivas minutas por entidades o pacientes descontentos. Asimismo, injustas y fruto contaminado de americanizadas corrientes jurídicas dominantes, de oscuras maquinaciones o de una resentida mezquindad, serán percibidas las reclamaciones, las demandas o cualquier acción legal de los pacientes, frustrados e insatisfechos por unas expectativas equívocas o legítimamente airados como consecuencia de una mala praxis, de un inaceptable error o de una negligencia profesional. La censura unánime de los colegas frente a unas aparentemente lícitas aspiraciones científicas, académicas, sociales y económicas, pero egoístas y nítidamente cuestionables por su desmedida ambición, tampoco será capaz de provocar, en el inconsciente réprobo, una catarsis interior, capaz de liberarle de su indignidad y si acaso le causará un sentimiento paranoide de inmerecida persecución, cuando no de desaforado e injusto linchamiento moral, atribuido a la envidia o al resentimiento, pero nunca a la cuestionable idoneidad de su cometido, a la borrosidad de su perfil biográfico, a la dudosa validez y eficacia de sus métodos o a la desconfianza que en otros provoca el presumible uso abusivo que pudiera hacer, de una situación privilegiada, en su particular beneficio.
Ante tan contumaces armas y sólidos alegatos para la autodefensa de la probidad profesional, íntimamente sumida en una subsconsciente e inadvertida anestesia moral por el egoísmo, la ambición y la vanidad, difícil cuando no imposible va a resultar la reconversión del transgresor, en particular si la censura surge de un colectivo en el que el criticado percibe que muchos de sus miembros establecen también sus personales, ventajosas y flexibles normas de comportamiento profesional, ético y social, sin aceptar ambigüedades en su propio proceder. Se entra, en definitiva, en un inacabable espiral de imputación y exculpación de unos y otros, que conduce a una interesada y progresiva tolerancia mutua, a la laxitud de seculares principios deontológicos y a su inevitable arrumbamiento a los puestos más postreros en la tradicional escala de valores de la Medicina, a cuyo caso tanto los propios oftalmólogos, con su inhibición y crítica estéril, como las decadentes instituciones oficiales, profesionales y académicas, que debieran velar por su vigor y limpieza, asisten inoperantes e impávidas, en su sorprendente dontancredismo de dimes y diretes.
Dr. José Belmonte Martínez