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| Número 3 - Septiembre 2001 | EDITORIAL |
La perspectiva del paciente frente a los medios que aporta la Medicina para lograr su salud ha sufrido una profunda transformación. Durante siglos el enfermo ha soportado, con estoica resignación, cualquiera de los recursos que podían serle aplicados, en ocasiones agresivos, lacerantes y hasta estrafalarios, en base a las ideas en boga, con la esperanza de alcanzar, de cualquier modo, su anhelado bienestar físico, fatídicamente alterado por la enfermedad. Y ante tal empeño ha aceptado sin demasiadas objeciones los medios disponibles, incluso experimentales y cuestionables. En cierto modo, el paciente ha asumido largamente, de forma involuntaria, la doctrina maquiavélica de que, en última instancia, el fin justificaba los medios. Parece indiscutible que esta nihilista ancestral sumisión a los dictados de la Medicina, cuando no a las arbitrarias y mudables lucubraciones de los médicos del momento, hayan dado origen, a lo largo de la historia, a procederes incontrolados e incluso a disparatados errores, fruto de su aparente impunidad que, finalmente, ha provocado una reacción de la sociedad moderna, a través de mecanismos legales, para protegerse del supuesto abuso, acogida de forma desconfiada y cautelosa por la clase médica, al contemplar en ella un claro menoscabo del modelo paternalista de su actividad tradicional y una nítida degradación de su autoridad moral y profesional, antaño incuestionable.
Pero, sutilmente, junto al recurso jurídico con el que trata de protegerse la sociedad de una potencial medicina abusiva y la consiguiente reacción del médico que, privado de sus viejos privilegios, contraataca con una medicina defensiva, ha surgido, al amparo de la formidable tecnificación biomédica presente, un nuevo y alarmante hecho sociológico que pervierte el deseado equilibrio entre ambas posturas y que se manifiesta en la inquietante y creciente banalización de la medicina, cuya consecuencia es una equívoca convicción de su infalibilidad y la desmedida fascinación por los medios. El paciente ya no sólo busca, sensatamente, el resultado óptimo de su proceso sino que, de forma irrazonable, la condiciona a los métodos empleados y trata de imponer el modo, tiempo y lugar de la terapia sobreponiéndolos incluso al postrer desenlace de su enfermedad.
La moderna cirugía ocular, de impresionante progreso e imparable evolución técnica, es una de las ramas de la Medicina que con más saña padece este nuevo fenómeno social, acosada por una continua e incesante innovación en aparatos e instrumentos, mágicamente sublimados por la palabra laser, que con contumaz e impúdica insistencia adultera, en ocasiones, su auténtica dificultad y naturaleza.
Ante los espectaculares avances, el paciente ya no cuestiona el resultado final de su operación que, por supuesto, da siempre por bueno sino que, al amparo de la moderna y enaltecida tecnología, le presupone una ejecución sencilla y fácil, poseedora de «todas las garantías», susceptible de escasas necesidades anestésicas y rapidez de ejecución. La innecesaria hospitalización, otrora irremediable, le lleva incluso a extrañarse de que precise ser intervenido en un quirófano convencional y no en un efímero y fugaz trance, en la propia consulta. Por consiguiente, con dificultad, admite la más leve incidencia en el acto quirúrgico o en el postoperatorio que conjetura, en todo caso e inevitablemente, pleno de seguridad y exento de dificultades o fracasos. De este modo, una leve equímosis subconjuntival postoperatoria es juzgada, sin clemencia, como una desagradable complicación, pese al óptimo estado visual. Un pasajero y breve edema corneal, que retrasa una visión perfecta tan sólo unos días, ensombrece la intervención, al establecerse un instantáneo agravio comparativo con otros casos conocidos o relatados que, por el contrario, al instante contemplaban, satisfechos y a la perfección, la televisión de su hogar. La necesidad de utilizar gafas en el futuro, consecuencia del un siempre posible mayor o menor error biométrico, incluso en exclusiva para la visión cercana, es aceptado con sorpresa y reticencia por el paciente que, con mezquina e ingrata memoria de su previa degradada situación visual, se apega a la falacia de una recuperación funcional, milagrosamente mejor que cualquier présbita normal. Una complicación previsible pese a su infrecuencia, más seria y duradera, aún felizmente resuelta al cabo de un tiempo, es injustamente juzgada y criticada como inaceptable error del cirujano, al que se condena con la desconfianza o la exclusión para otra futura intervención. Finalmente, el desastre quirúrgico, accidental e inopinado, resulta incomprensible, por el torpe e irreflexivo desconocimiento de la contumaz evidencia de la morbilidad quirúrgica y de la inapelable certidumbre de la bioestadística.
Pero resultaría improcedente acusar al paciente del monopolio de este descaminado comportamiento en el que el médico también es partícipe, con una particular cuota de responsabilidad. La floreciente comercialización de la medicina, la encarnizada competencia profesional, la desmesurada ambición de algunos de sus miembros, en ocasiones le arrastran, frívola e imprudentemente, a minimizar el acto médico, delegando su eficacia y resultados, no sólo en sus conocimientos y habilidades, sino en los formidables y modernos medios de que dispone, hipertrofiando su solvencia, ignorando con temeridad sus riegos y acentuando falazmente su inocuidad e inmediatez, frente a otros procedimientos consagrados por su probada seguridad, bautizados con premeditada precipitación como obsoletos, a despecho de su probada eficacia.
De este modo, el paciente y el médico permanecen atrapados en una peligrosa espiral de desaciertos, el primero porque su desatinada perspectiva, sus elevadas exigencias y la desmesurada sacralización de los medios le alejan, alarmantemente, de percibir el riesgo y el auténtico fin de su tratamiento y el segundo porque, al suscitar un osado y frívolo envite, queda peligrosamente a merced no tanto de su experiencia, competencia y pericia, como de las azarosas veleidades de un destino, fatalmente ligado a la pertinaz y gélida certidumbre de las cifras.
Dr. José Belmonte Martínez