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| Número 2 - Junio 2003 |
El desarrollo y la aplicación de las ciencias de la salud plantea como ya es sabido, una serie de cuestiones éticas nuevas, sorprendentes y complejas. Frente a estas cuestiones y a sus implicaciones individuales y sociales, a menudo, uno se queda perplejo y se da cuenta de que las posibles respuestas no son ni evidentes ni fáciles de encontrar y, además, no hay respuestas prefabricadas. A fin de estudiar estas cuestiones de una manera rigurosa y metódica e intentar dar respuestas teóricas y prácticas, fundamentadas racionalmente, se ha creado este nuevo saber llamado «bioética».
El impulso inicial que caracterizó la bioética respondía al deseo de poner en marcha un nuevo tipo de reflexión y una nueva práctica que fueran capaces de integrar tanto las aportaciones de las ciencias de la salud como los valores humanos. Este deseo hunde sus raíces en los años cincuenta y sesenta, en los Estados Unidos, y empieza a brotar con fuerza en el año 1970, cuando un grupo de científicos y humanistas estadounidenses ponen un gran empeño en sacar adelante todos juntos este ambicioso proyecto de hacer dialogar las ciencias y las humanidades y se sientan a deliberar para orientar y buscar respuestas nuevas a los problemas éticos nuevos en el ámbito de las ciencias de la salud. El esfuerzo de estos hombres encontrará el estímulo, por una parte, en una convergencia de factores sociales, políticos, económicos, médicos... que gozarán de un gran relieve en la sociedad de aquel momento y, por otra parte, en las novedades, y su correspondiente carga de ambivalencia, aportadas por tres grandes revoluciones, todavía hoy en pleno desarrollo: la revolución biológica, la revolución ecológica, y la revolución médico-sanitaria (que crea nuevas tecnologías y promueve la autonomía del paciente).
Desde entonces, la práctica bioética se ha ido centrando en el ámbito de la clínica, reflexionando sobre todo lo que hace referencia a la relación entre los enfermos y los profesionales sanitarios, en especial sobre el consentimiento informado.
Esta monografía: Consentimiento Informado en Cirugía Ocular Implanto-Refractiva, que ha coordinado el Dr. José Luis Pérez Salvador, aporta a los oftalmólogos los conocimientos necesarios sobre los aspectos éticos y legales aplicables a una parte de su práctica profesional, y cuya transgresión puede originar situaciones potenciales de responsabilidad, derivadas, no tanto, de la mala práctica profesional, sino del desconocimiento de aquellos aspectos que son sustanciales en la relación médico-paciente, desde la perspectiva de la Etica y del Derecho.El médico se encuentra con una nueva actitud frente al paciente, derivada del concepto de responsabilidad profesional, que implica una serie de riesgos que deben evitarse mediante una continua mejora en sus conocimientos técnicos, y una nueva consideración de la relación médico-enfermo que ponga énfasis en el consentimiento informado, en una documentada historia clínica y, por último, en un plus de consideración, si cabe mayor aún, hacia el paciente que mitigue la no deseada deshumanización de la asistencia sanitaria.
Para muchos, el concepto de consentimiento informado se ha convertido en burocracia y trabajo adicional, hasta desagradable, que resta tiempo a los verdaderos objetivos asistenciales del médico; sin embargo debiera significar lo contrario, esto es, algo que constituye una relación necesaria y hasta inevitable, en la práctica médica diaria.
Al cumplir con el deber de informar para obtener el consentimiento del paciente para la realización del tratamiento, el médico no debe entender tal acto como una forma de evitar una posible demanda por responsabilidad profesional, sino como la realización de una parte del acto clínico que se enmarca en una verdadera relación médico-paciente basada en la autonomía de la voluntad de este último.
En la sociedad occidental dicha relación se ha basado durante siglos en la confianza plena en el buen quehacer médico desde una de las partes, y desde la otra en el paternalismo hacia el paciente. Dichas relaciones estaban presididas por la confianza y la buena fe. Sin embargo, tal concepción está en crisis y, fruto de la misma, la desconfianza mutua preside la relación, desgraciadamente, en muchas ocasiones. Esta mutua desconfianza ha devenido en una progresiva disminución de la eficacia del acto médico, contribuyendo al incremento de la deshumanización de la medicina.
Esta obra pretende y consigue, a mi juicio, dotar al profesional de la oftalmología, en particular al que realiza cirugía ocular implanto-refractiva, de los conocimientos éticos y jurídicos suficientes para afrontar una parte esencial de su práctica profesional cual es la relativa al momento de contacto entre él y el paciente, auténtico momento de la verdad en la relación médico-enfermo.
Emilio José Ibeas Cuasante
Médico y Teólogo.
Presidente de la Comisión de Ética del
Hospital General Yagüe. Burgos