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| Número 4 - Diciembre 2005 | LA OFTALMOLOGÍA MEDIEVAL. EL LEGADO DE LOS ÁRABES |
«La ciencia es, por sí misma, poder»
Bacon, Meditaciones Sacrae de Haeresibus
Mientras que en Occidente, los bárbaros, germanos en el oeste y eslavos en el este, ocuparon los territorios del antiguo Imperio Romano Occidental, los árabes musulmanes ocuparon los de África y Asia.
El gran mérito de los árabes fue conservar y traducir los escritos griegos, modificarlos y sin duda mejorarlos, transmitiéndolos posteriormente a los pueblos del centro y del norte de Europa. Hasta ese momento, la ciencia europea estaba muy retrasada con respecto a la árabe y judía, que sin duda habían sabido convivir, para compartir. Lo mismo ocurre con los médicos cristianos, con los que cohabitan durante los últimos siglos de ocupación de la Península Ibérica.
El Imperio Romano Oriental (Bizantino) no experimentó el mismo retraso científico que los pueblos herederos del Occidental, al disponer de grandes traductores en sus bibliotecas. Sin embargo, aquellas naciones islámicas que se mantuvieron aisladas de Europa, sufrieron un retraso final.
El pueblo árabe, por su gran motivación religiosa, se extendió en pocos años desde la India hasta el Océano Atlántico, ocupando los territorios del norte de África y del sur de Europa. El idioma Árabe, pasa a reemplazar al Griego como idioma universal.
Mientras que en los países árabes, las ciencias florecen, en Europa predomina el estancamiento. Bagdad se convierte en el centro universal de las artes y de las ciencias, creándose importantes centros universitarios gracias a la ayuda de los nestorianos, tanto en la capital como en el norte de África y Andalucía.
Así pues, en el siglo V d.C., los nestorianos expulsados de Constantinopla se dispersaron por Oriente, estableciéndose principalmente en Edesa, escuela floreciente de Medicina que, sin embargo, duró poco tiempo al ser perseguidos y tener que refugiarse en Persia. Sin estar claro cómo ocurrió, o bien los nestorianos crearon una escuela de Medicina en Jundisabur, o bien dirigieron la ya existente. En un primer momento, los persas no vieron con buenos ojos el establecimiento de médicos griegos en sus territorios, para ser aceptados paulatinamente.
Conocemos dos médicos persas importantes de la época, Teodoro, que escribió un Compendium traducido al árabe, y Burzuy o Burzuyeh. Éste era uno de los médicos más aventajados de su país. Cuenta la historia, que habiendo leído en un libro, que en algunas montañas de la India, había una planta que resucitaba a los muertos, pidió permiso al Rey para realizar este viaje.
No encontró referencias de dicha planta, hasta que por fin preguntó a un sabio hindú que le contestó: «¿No has comprendido que esto es una alegoría? Al mencionar a la montaña se ha querido designar a los sabios; al hablar de las plantas, se ha referido a sus palabras saludables y benficiosas; los muertos son los ignorantes. Los antiguos quieren decir que los sabios que instruyen a los ignorantes con sus máximas es como si hicieran resucitar a los muertos».
Permitió el Rey hindú copiar a Burzuyeh los libros de medicina, los tradujos, puso su nombre al frente, y fueron guardados en Persia como un tesoro, siendo posteriormente traducidos al Árabe. Se trata del Panchatantra, que en el siglo XI fue traducido al Griego y al Latín con el nombre de Espécimen sapientiae Indorum veterum. Burzuyeh se ocupó principalmente de la parte oftalmológica, destacando los tratamientos de la fístula lagrimal, de la amaurosis, de la catarata y de la miopía.
Los primeros médicos árabes de los que hemos conservado el nombre, salieron de la escuela de Jundisabur, Harets, En-Nadr e Ibn abi Rabitha. Sin embargo, en la primera época del Imperio Islámico, la mayor parte de los médicos eran cristianos y judíos con nombres árabes, que llegaron a ocupar puestos importantes en la dirección de escuelas y hospitales, y de Honor, al lado de los Reyes.
En el siglo VII d.C. Anquilao, Teodoro, Paladio, Esteban, Jasio y Filiponus compendian 16 textos sacados de las obras de Galeno, eran las pocas muestras de actividad que en esa época quedaban en la escuela de Alejandría. Siguiendo con sus conquistas, los árabes se apoderaron de dicha ciudad y, como no siempre se comportaron como bárbaros, respetaron la ciencia, en especial la Medicina. Hay que conceder un gran reconocimiento a este pueblo nómada, por respetar, proteger y estimular estos centros de enseñanza para su joven civilización.
Así pues, los médicos griegos de Egipto, la mayoría de origen Sirio, fueron con los nestorianos de Persia, los iniciadores en las ciencias griegas de los árabes. De todas las culturas antiguas que influenciaron al árabe musulmán, egipcia, babilónica y judáica, sin duda alguna la helénica fue la más importante.
Es la época de las primeras traducciones del Griego al Árabe, procedentes del Siríaco. Se conoce que Filiponus y Pablo de Egina realizaron traducciones en el siglo VIII d.C. aunque les obligaban a traducir primero las obras de los alquimistas para posteriormente permitirles las traducciones médicas, fundamentalmente de Hipócrates y de Galeno.
El IX fue el siglo de esplendor de las traducciones médicas, comenzando a florecer la escuela de Bagdad «Casa de la Sabiduría», fundada a mitad del siglo VIII por el califa Al-Mansur, haciendo venir a médicos cristianos de Jundisabur. Durante cuatro siglos fue la escuela más floreciente, proporcionando muchos médicos famosos, como Mesué y Hunayn Ibn Ishaq (Johannitius). Hunayn aparece como la figura más destacada del principio de la evolución de la Medicina árabe. Médico iraquí, estudiante de la escuela de Jundisabur, su facilidad para los idiomas y su lengua materna, el siríaco, le facilitaron su labor en las traducciones, llegando a ser Jefe de Traductores.
Fig. 1. Portada de la edición latina del tratado
Árabe sobre farmacología de Mesue (1602).
Fig. 2. Diagrama del ojo según Hunayn.
Se tienen referencias de que a partir del siglo VI se realizaban traducciones del Griego al Siríaco de mala calidad y fue bajo la influencia de Hunayn, cuando las traducciones de Platón, Aristóteles, Hipócrates y Galeno, alcanzaron su máximo esplendor, no solamente en temas médicos.
En el año 756 d.C. se independiza el califato de Córdoba. La transición de emirato a califato da origen a la independencia de Al-Ándalus, desarrollándose una gran actividad cultural, no solamente en la pionera Córdoba, sino en los reinos de Toledo, Sevilla y Zaragoza. Este movimiento científico hispano-árabe se afianza con la importantísima contribución de la minoría judía y mozárabe.
Hay un hecho importante en el avance de la medicina hispana, la obligación de los árabes de acudir en peregrinación a las ciudades sagradas del Islam, hace que muchos de sus médicos permanezcan, aprovechando estos viajes, en centros médicos de gran prestigio de Alejandría, Bagdad y Jundisabur. Eran las primeras «estancias en el extranjero para ampliación de estudios» que contribuyeron en gran medida al enriquecimiento mutuo del saber médico.
En el siglo XII, Sefarad dispone de más de 70 bibliotecas y 17 universidades, mientras que en el resto de Europa no existen bibliotecas dignas de mención, por su silencio, y sólo alguna escuela especializada de forma aislada.
La España Musulmana junto con el sur de Italia, se convirtieron en los maestros de Occidente. En este aspecto, los judíos tuvieron un papel importante por sus traducciones de los textos árabes al Latín. Así pues, el origen de nuestra ciencia parte de la antigua Grecia, gracias al mantenimiento, mejora y difusión de la misma por el mundo árabe, sobre todo durante los siglos VIII al XII, cuando Europa estaba sumida en una espantosa pobreza científica. Este período corresponde a la Edad de Oro Musulmana.
El origen de la medicina Árabe, es pues la medicina Griega, acompañada de la Hindú y Persa. Del siglo XII hasta el XVI, cuando la literatura médica moderna empezó a escribirse, los médicos Árabes Al-Razi (Races) e Ibn Sina (Avicena) fueron elevados al nivel de Hipócrates o Galeno.
Figs. 4 y 5. Canon de Avicena.
Dante, en su Divina Comedia menciona a Hipócrates, Galeno y Ibn Sina cuando resume el conocimiento de la Edad Media.
Tanto Scaliger como Mongius, importantes escritores y traductores de obras médicas griegas y árabes, coinciden en alabar a Ibn Sina por encima de Galeno, afirmando que mejoró su trabajo con una dicción y elegancia bastante superiores.
Desgraciadamente, nuestro conocimiento de la medicina árabe todavía es superficial, siendo un terreno difícil de avanzar, dada la necesidad de combinar conocimientos de la lengua Árabe junto con investigaciones médicas históricas.