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| Número 4 - Diciembre 2005 | LA OFTALMOLOGÍA MEDIEVAL. EL LEGADO DE LOS ÁRABES |
«El espíritu natural se forma en el hígado. La parte transparente de éste, llega al corazón y se transforma en el espíritu vital. La parte transparente de este último llega al cerebro junto con el aire de los pulmones y se tranforma en el espíritu del alma. Éste, llega al ojo creando el espíritu visual. Nosotros vemos gracias al espíritu visual que es emitido, se mezcla con el aire ambiente, llegando al objeto visto. Luego el espíritu vuelve dentro del ojo y produce la percepción en el cristalino». Ali Ibn Isa.
Desde Tolomeo (150 d.C.) tuvo que pasar casi un milenio, hasta que se volviera a escribir otro libro importante de Óptica. Éste es uno de los principales éxitos de la ciencia árabe, gracias al matemático Alhacén con su Tratado de Óptica. No se ha encontrado ninguna copia original del libro árabe, por lo que nos basamos en la traducción latina publicada por Risner, de autor desconocido.
Alhacén no descubrió toda la verdad, aunque apartó la teoría griega, en la que los rayos son emitidos desde el ojo para poder hacer posible la visión. «El cristalino es el órgano central de la visión, como para Galeno. La percepción se sitúa en la superficie anterior del cristalino, desde donde la impresión sensorial llega al vítreo y se extiende por los nervios ópticos, hacia la parte anterior del cerebro, donde la percepción final tiene lugar».
«Una buena agudeza visual existe, sólo si cada punto del objeto corresponde sólo a un punto del órgano visual. Esto se consigue gracias a rayos emitidos de puntos individuales del objeto y propagados en línea recta, verticales a la superficie ocular. Llegan sin sufrir refracción hasta el centro del ojo (la cara anterior del cristalino). Cada punto individual tiene sólo un rayo de luz y convergen todos en un único punto en el cristalino. La suma de rayos de luz forma la pirámide visual, el vértice de la cual se encuentra en el centro del ojo y su base corresponde a la superficie del objeto visualizado. El eje de la pirámide corresponde al eje de la agudeza visual.»
Alhacén, argumenta correctamente contra la teoría de que la visión se debe a rayos emitidos desde los ojos escribiendo «Si la visión se debe a algún proceso emitido desde el ojo, éste debe ser de naturaleza física o espiritual. Si es de naturaleza física, debemos asumir que cuando miramos las estrellas, algo debe emitirse desde los ojos que rellene la distancia entre el cielo y la tierra sin que se pierda sustancia ocular; por lo que es una hipótesis errónea. Si el material emitido desde el ojo no es físico, entonces no se puede percibir el objeto visualizado, ya que toda sensación sólo puede obtenerse si tiene una base física».
Concibió que la luz, incidía sobre la retina de la misma forma que cae sobre una superficie en una habitación oscura, a través de una pequeña rendija y afirmaba que «el acto de ver se efectúa de tal manera que la imagen visual cogida por la lente cristalina es pasada al nervio óptico, y por medio del nervio óptico, al cerebro». Realmente adelantado para su época, sin embargo su principal error, era creer que el cristalino era el órgano primordial de la visión, compuesto por la esfera glacial, lente y vítreo.
En un segundo tratado, Alhacén trata de demostrar que la percepción visual no puede conseguirse sólo con el sentido de la impresión, sino que exige además poder de discernimiento psíquico. El progreso de ver, puede ser dividido en dos significados, el sencillo y el compuesto, dice «son en número de veintidós, a saber: luz, color, distancia, situación, concreción, forma, dimensión, separación, no separación, cantidad, movimiento, descanso, protuberancia, lisura, transparencia, densidad, sombra, oscuridad, belleza, fealdad, uniformidad y diferencia. El significado compuesto representa la combinación de dos o más de estas cualidades sencillas».
Fig. 29. Portada del "canon Medicinae" de Avicena, representando escenas médicas
de la época, Venecia 1608.
Si valoramos qué tipo de influencia ejerció la teoría visual de Alhacén en los oftalmólogos árabes, encontramos que como de costumbre, los médicos ignoraban en gran medida dichas discusiones matemáticas.
De todos modos, el genio entre los médicos árabes, Al-Razi ya había expresado su opinión contraria a la teoría griega de la visión un siglo antes que Alhacén, argumentando que los ojos no son capaces de emitir rayos de luz.
Avicena, joven médico contemporáneo de Alhacén, presenta su teoría, afirmando que las estructuras oculares transparentes permiten el paso de la luz, formando luego la imagen en su interior. El médico y filósofo Averroes habla de los conceptos perversos de los médicos acerca de la naturaleza de la visión «no existe nada en el ojo humano que pudiera ni por asomo ser emitido hasta el punto de llegar a las estrellas; el ojo no contiene ningún cuerpo celestial, ni fuego. La visión no es un proceso en que los rayos se emitan, sino en el que los ojos perciben los colores de los objetos a través de los medios transparentes y los recoge como un espejo para transmitirlos al espíritu visual. El cristalino es el encargado de realizar dicha función».
Los oftalmólogos árabes ignoraron la teoría de Alhacén. Ali Ibn Isa aceptó la teoría griega de los rayos táctiles emitidos, al igual que Ammar y Al-Shadhili. Khalifah menciona las dos teorías de la visión, remarcando la teoría vigente hasta el momento, como «suficiente para los oftalmólogos y que el resto de las conclusiones son problema de los fisiólogos». Salah Al-Din escribió un libro entero acerca de la teoría de la visión, siguiendo a Avicena, aunque el nombre de Alhacén no aparece en ningún momento.
Es significativo ver cómo algunos médicos árabes de los últimos períodos, ignoraban a sus mejores científicos. De todos modos, los griegos tampoco consideraban las mejores teorías de sus mejores filósofos.